Opinión: Nada es frágil

Por Julia Mª Dopico Vale y Piñeiro
El nueve de enero tuvo lugar en el Centro Cultural Torrente Ballester de Ferrol el acto de clausura de la exposición del pintor Ricardo Segura Torrella (1927-2000), nacido en el seno de una familia vinculada al mar, en una ruta incomparable de singular “camino” en el que yo misma enraízo, entre consonancias y armónicos incandescentes que hacen centellear, como un faro luminoso —¿será el de Breogán?— mi contemplación admirada ante los magníficos cuadros del artista.
Segura Torrella recibió su primera formación en la Escuela de Artes y Oficios de Ferralium —lugar de hierro— y de la mano del pintor Felipe Bello Piñeiro. Su primera exposición tuvo lugar a los quince años, junto a artistas consagrados como Sotomayor o Valentín Castro, para continuar después su periplo artístico por toda España, Portugal y Londres.
Más de tres mil personas acudieron a contemplar las obras de la exposición, comisariada por Suso Bastarrechea, artista, profesor y político, un auténtico torbellino de ideas propio de las mentes creadoras y pieza clave para que la muestra se hiciese realidad a través del Concello, en una clara apuesta por poner en valor lo ferrolano y lo gallego. Así lo subrayó el director general de Cultura, Anxo Lorenzo, presente en el acto, quien destacó también la responsabilidad asumida por Helena Segura Torrella, hija del pintor, encargada de gestionar el legado artístico heredado de quien fue y sigue siendo “profeta en su tierra”.
Como ella misma expresó, “debemos recordarlo… aunque su obra no pertenece únicamente al pasado. Sigue dialogando con el presente y acercándose a las nuevas generaciones, lo que garantiza su permanencia en el tiempo”.
Sí, el tiempo, ese filtro que distingue “lo que sí y lo que no” en todas las cuestiones de la vida y del arte, dejando perdurar solo aquello que es digno de ser recordado. Algo que, me atrevo a augurar, ocurrirá con Segura Torrella, porque en su obra hay magia, misterio, memoria, talento, conocimiento, técnica, crítica social, espiritualidad, tradición, música y… amor. Todo lo necesario para ser promesa de eternidad.