María Ferreiro Santos quiere un Sindicato Labrego ‘más pegado a las comarcas’ en esta nueva etapa

Además de su trayectoria orgánica en el SLG, Ferreiro es una voz reconocida en el sector agroganadero por su defensa de las explotaciones familiares y del papel de las mujeres en el rural, combinando la experiencia diaria en la granja con una visión sindical centrada en mejorar precios, servicios y derechos para quienes viven del campo.
Para quien no está familiarizado con el Sindicato Labrego Galego, ¿qué significa ser secretaria general?
Ser secretaria general es una responsabilidad importante, pero yo siempre insisto en que las responsabilidades y las decisiones son colectivas. En el SLG quien marca el rumbo es la Dirección Nacional, un órgano formado por labradores y labradoras de diferentes comarcas y zonas del país, y es ahí donde se decide la línea de trabajo. La secretaría general, por organización, tiene que asumir funciones concretas y a veces ser la cara visible ante una convocatoria, una reunión o una interlocución, pero detrás hay siempre equipo y decisión compartida.
¿Qué responsabilidades llevas a cargo en el día a día?
En el día a día tengo que estar muy pendiente de las novedades de política agraria, como medidas, legislaciones o ayudas que van saliendo, y ver cómo encajan con lo que el congreso del sindicato aprobó para estos cuatro años. Hay también mucha tarea de interlocución: con administraciones, con otros colectivos y con la base organizada, porque al final la organización tiene que estar ‘en tiempo real’ en lo que le afecta a la gente del campo. Y eso se completa con el trabajo interno de coordinación y de dar seguimiento a lo que se va decidiendo.
¿Qué fue lo primero que te dijiste a ti misma al coger el cargo?
La primera inquietud fue mantener siempre un contacto directo con las personas y con los sectores. Contacto con la Dirección Nacional, con las comarcas y con los grupos organizados, para tener información de primera mano de lo que pasa y de lo que preocupa en cada zona. Eso incluye desde problemas muy concretos, por ejemplo, si cierra una escuela, si falla un servicio público, si hay una incidencia sanitaria o incluso cuestiones que afectan a un sector determinado. La idea es estar al tanto para poder incidir donde se pueda y con la fuerza que se tenga, para cambiar lo que hay que cambiar o demandar otro camino.
¿Qué te deja como herencia la etapa anterior y qué sentías que había que actualizar sí o sí?
De la etapa anterior me quedo con muchas cosas, pero sobre todo con la importancia de la autoorganización y de mantener espacios propios. Espacios de interlocución y apoyo, donde también hay lugar para reír, para llorar y para hacer comunidad, porque es desde esa ‘voz propia’ desde donde se explica lo que pasa y cómo se vive. La diferencia es que ahora el marco es mucho más amplio: antes trabajaba con un abanico más acotado de temas y ahora hay una mezcla constante entre la agenda que quieres impulsar y lo que urge cada día como organización. Esa ampliación obliga a afinar prioridades sin perder el vínculo con el territorio.
¿Qué te gustaría que la gente notase a corto plazo?
Me gustaría que la gente note más presencia en el territorio y más contacto directo, que no sea solo una cuestión de ‘salir’ en momentos puntuales. En el propio congreso se creó la Secretaría de Acción Sindical para reforzar esa idea y combinar mejor el trabajo de la Dirección Nacional con más actividad comarcal. El objetivo es llegar a más personas, recoger más aportaciones y que la base tenga más canales para participar y para trasladar demandas.
¿Cómo llevas la conciliación siendo ganadera y, al mismo tiempo, representante sindical?
Estoy adaptándome. Al principio no es fácil, porque tienes que encajar funciones nuevas y entender bien las responsabilidades, y eso lleva tiempo. La granja no es muy grande, siempre hubo granja en casa y yo decidí establecerme donde nací, así que ahora toca ir ajustando organización y tiempos para poder cumplir con el trabajo y con las nuevas tareas.
Se habló de reforzar la acción sindical y la presencia en el territorio. ¿Qué cambios concretos vais a hacer para estar más ‘al lado’ de la gente?
La Dirección Nacional es un órgano grande, con más de sesenta personas y, aunque se reúne de manera ordinaria dos veces al año, no siempre es fácil mover a tanta gente de tantos puntos. Por eso la idea es sumar actividad comarcal sin sustituir a la Dirección Nacional, sino para complementar: más reuniones, debates y movilizaciones cuando toque, y trabajo directo alrededor de retos grandes como Mercosur o negociaciones que afectan al sector. Además, creemos que desde la base, con la interlocución directa, la construcción es más rica y también se favorece que la gente dé pasos para participar en espacios de mayor responsabilidad.
Si tuvieras que escoger tres prioridades para esta etapa, ¿cuáles serían y por qué?
Una prioridad es conseguir estabilidad y precios dignos, porque la inseguridad en los precios hace el sector vulnerable en cualquier producción. Otra es el relevo generacional, porque sin condiciones mínimas para incorporarse y mantener un proyecto, el rural se queda sin futuro. Y la tercera es recuperar una interlocución real con el sector: no puede ser que las decisiones lleguen ya hechas y que después haya que reaccionar por la vía de la urgencia; hacen falta canales estables para hablar de medidas, de cómo se aplican y de cómo se corrigen.
¿Hay un tema que crees que no está recibiendo suficiente atención pública y que tú quieres poner en el centro?
Yo echo en falta más evaluación real de las políticas públicas. No llega con aprobar una ayuda o una medida: hay que mirar después a quién le llega, a cuántas personas, a qué proyectos, y qué impacto tiene un año o dos años más tarde. Y esa evaluación debería trasladarse al sector y a la ciudadanía, porque hablamos de políticas públicas. También quiero poner el foco en cuestiones como la titularidad compartida: cuando se aprobó se habló de decenas de miles de mujeres que podrían acogerse, pero las cifras reales son bajísimas, y eso obliga a revisar qué falla e introducir medidas correctoras para corregir situaciones desiguales.
¿Qué te preocupa más ahora mismo en el sector?
Hay muchos retos, pero dos destacan. El primero es la inseguridad permanente de los precios: independientemente de producir leche, carne u otras cosas, muchas veces no sabes cuál va a ser tu precio de venta, y eso complica invertir y planificar. Y el segundo es que existan leyes que deberían proteger al productor y no se hagan cumplir: la ley de la cadena alimentaria dice que no se puede vender por debajo de costes, pero si no hay seguimiento ni se sientan las partes, esa protección queda en papel mojado. Además, todo esto está ligado al relevo generacional, y los datos de cierre de granjas son muy serios. Por ejemplo, la leche bajó de las 5.000 granjas en Galicia y esto era algo que hace pocos años parecía impensable.
Cuando hablamos de ‘relevo generacional’, ¿qué significa de verdad en el rural?
No es solo que entre gente joven, es que pueda montar un proyecto y vivir de él con dignidad. Significa tener futuro: poder invertir, mantenerse y no estar siempre pendiente de que un cambio de precios o una decisión administrativa te tire el proyecto abajo. Y también significa tener un entorno que permita quedarse: servicios, acceso a recursos y un marco que no te expulse.
Si una persona joven te dice ‘quiero vivir del agro, pero no puedo’, ¿qué dirías que es lo que falla?
Muchas veces es un conjunto. Le falta estabilidad y precios justos, pero también condiciones para asentarse: que haya escuela cerca, centro sanitario, centro de día si lo necesitas, servicios de cuidados... Eso afecta a todo el mundo, pero muchas veces pesa aún más sobre quien asume los cuidados. Y también está la cuestión práctica de ubicarse: en qué etapa vital estás, qué proyecto quieres, y si el territorio te da o no te da soporte para quedarte.
Si tuvieras que pedirle tres medidas inmediatas a las instituciones para facilitar incorporaciones, ¿cuáles serían?
Una primera medida es garantizar interlocución directa y estable con el sector desde las administraciones con competencias, especialmente la Xunta, para hablar de las políticas antes y durante la aplicación. La segunda es hacer cumplir la ley de la cadena alimentaria: si no se puede vender por debajo de costes, hay que sentar a las partes y asegurar que se respeta, porque un productor individual no tiene capacidad real frente a grandes compradoras. Y la tercera es algo que parece menos ‘urgente’ pero es clave: evaluar las políticas y ayudas con criterios claros. Es decir, quién se acogió, a qué proyectos llegó, qué resultados dio... y hacer públicos esos datos para poder corregir lo que no funciona.
Estuviste años trabajando desde igualdad. ¿Qué dirías que te dio esa etapa para liderar ahora todo el sindicato?
Me dio mucho entrenamiento en escuchar y en estar en contacto directo con la realidad de los proyectos en el territorio. Y también la convicción de que la autoorganización y los espacios propios son fundamentales para que las demandas no se diluyan y para que la ‘voz colectiva’ llegue con claridad donde tiene que llegar. Esa experiencia me ayuda ahora a intentar mantener ese hilo con el territorio, aunque el marco de temas sea más amplio.
¿Cuáles crees que son hoy los principales frenos para las mujeres en el agro?
Hay frenos comunes, como los precios, el acceso a proyectos o los servicios, pero para las mujeres sigue pesando la falta de corresponsabilidad real en los cuidados. En el rural, además, la distancia a los servicios públicos cuenta mucho: cuánto tardas en llegar a un colegio, a un centro sanitario, a un centro de día. También sigue habiendo obstáculos más sutiles en el acceso a la tierra y al crédito. Es decir, quién avala, quién ‘confía’; e incluso en las titularidades, donde a veces se prioriza antes a un hombre que a una mujer. Se avanzó, pero hay retos importantes por delante.
Pasando a la actualidad y para cerrar, ¿qué nos puedes contar sobre las tractoradas en Ourense y Lugo contra el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur?
Para nosotros Mercosur es uno de los grandes temas y llevamos mucho tiempo movilizándonos contra este tratado; es una lucha recurrente que vuelve a la agenda cada vez que se pretende ‘firmarlo sí o sí’. La movilización es necesaria, pero también hay que afinar el foco: ver a quién le exiges, dónde están las mayorías y quién decide que un acuerdo va para adelante o no va para adelante. Más allá del efecto inmediato de la protesta, importa hacer análisis político y crítico de por qué se aprueban unas cosas y otras no.