Asociación Cultural Lisístrata: 'Nuestro cometido es visibilizar la figura femenina en sus diversos ámbitos y divulgar la literatura galega'


Hay asociaciones que programan actividades, y hay otras que entienden la cultura como una forma de intervenir en el mundo. La Asociación Cultural Lisístrata lleva más de una década instalada en ese segundo espacio: el de la palabra que incomoda, el de la memoria que se rescata y el de la escena entendida como herramienta para visibilizar el papel de las mujeres, defender el gallego y reivindicar otra manera de hacer cultura.
El colectivo, formalizado en 2011, nació con la voluntad de situar en el centro la figura femenina en sus más diversos ámbitos y de divulgar la literatura gallega, tanto escrita como oral, a través de las artes escénicas. Pero detrás de esa definición hay una intención más amplia. Lisístrata no se presenta solo como una asociación cultural al uso, sino como un proyecto con identidad propia, construido desde la convicción de que feminismo, lengua y creación deben ir de la mano. Su actividad fue creciendo con el paso de los años, sumando espectáculos, roteiros, propuestas formativas, premios y líneas de investigación, pero manteniendo siempre la misma raíz: hacer de la cultura un espacio de conciencia.
El propio nombre de la entidad resume buena parte de esa filosofía. Lisístrata remite a una figura femenina rebelde, combativa y pacifista, una referencia simbólica que encaja con el espíritu de la asociación y con su voluntad de hablar desde una voz propia. Esa idea de identidad está presente en todo lo que hacen. No hay, en su discurso, separación entre la creación artística y el compromiso. Al contrario: ambas cosas aparecen entrelazadas en un proyecto que busca cuestionar silencios históricos, recuperar referentes femeninos y dignificar el idioma gallego como vehículo natural de transmisión.

Uno de los rasgos que mejor define a Lisístrata es su insistencia en traer de vuelta una y otra vez a las mujeres borradas de la historia. Esa línea de trabajo, lejos de responder a una moda, nace de una labor continuada de investigación y de una voluntad clara de abrir nuevas miradas entre el público. A lo largo de los años, la asociación fue construyendo propuestas que rescatan nombres, experiencias y aportaciones femeninas que durante mucho tiempo permanecieron en los márgenes. En ese empeño, el objetivo no es solo contar lo que no se contó, sino también cuestionar los relatos oficiales y desmontar ideas asumidas como verdades incuestionables.
Esa voluntad cristaliza en proyectos que se fueron convirtiendo en señas de identidad del colectivo. 'Tecín soia a miña tea', centrado en Rosalía de Castro, es uno de esos ejemplos. La propuesta va más allá del homenaje y entra de lleno en la revisión de estereotipos alrededor de la autora y de su obra. Algo parecido sucede con 'Ningún lazo a suxeita', dedicado a Filomena Dato, una figura sobre la que Lisístrata quiso arrojar luz con un enfoque propio. Son piezas que condensan bien la manera de trabajar de la asociación: investigación, escena y voluntad de hacer pensar.


Pero su actividad no termina ahí. En la trayectoria del colectivo aparecen también propuestas como 'A historia en Feminino', 'Contando en Feminino', 'Feministorias', 'Palabra de Muller', 'A memoria é unha dama' o 'O voitre e a pomba'. En unos casos, el foco está en la divulgación histórica; en otros, en la prevención de la violencia de género, en la educación afectiva, en la visibilización de escritoras o en la recuperación de la memoria de las mujeres como transmisoras de cultura. La variedad de formatos revela una forma de entender el trabajo cultural desde la transversalidad: llegar a la infancia, al público adulto, a los centros educativos, a las bibliotecas, a los escenarios y también a la calle.
En esa capacidad para tejer lenguajes y públicos distintos hay una de las claves del proyecto. Lisístrata utiliza el teatro, la narración oral, los cuentos, la palabra dramatizada o los encuentros participativos no solo como soporte artístico, sino como herramientas de conexión. Lo que la asociación busca es que cada actividad deje huella, que abra preguntas, que despierte interés por seguir sabiendo. Según relata Ana Hermida, la respuesta suele ser especialmente emocionante entre la infancia, que recibe estas historias con curiosidad y sorpresa, pero también entre el público adulto, que a menudo descubre por primera vez nombres y trayectorias femeninas de las que nunca había oído hablar.

Si hay otro pilar fundamental en la identidad de Lisístrata, ese es el gallego. La lengua no aparece como un complemento, sino como un elemento estructural. Es el idioma en el que la asociación se expresa, en el que crea y en el que se relaciona con el público. Para el colectivo, usar el gallego forma parte de su manera de estar en el mundo y también de su idea de dignificación cultural. En esa defensa hay, además, una dimensión pedagógica: acercar el idioma a la infancia con naturalidad, incorporarlo a contextos de diversión y aprendizaje y romper prejuicios entre quienes llegan a las actividades con distancia o reservas.
Junto a la defensa de la lengua y de la memoria de las mujeres, Lisístrata mantiene también una relación profunda con el territorio. Arteixo no es solo el lugar desde el que trabajan, sino una parte esencial de su relato. La asociación insiste en la necesidad de investigar y divulgar la memoria local con rigor, especialmente la ligada a las mujeres y a la cultura popular. De esa voluntad nacen propuestas como 'Arteixo en Feminino' o 'Arteixo na Memoria', iniciativas que buscan dar forma a una historia próxima que, según defienden, muchas veces fue poco contada, mal contada o directamente ignorada.
En ese vínculo con la tierra aparece también ReviveBaiuca, un proyecto del que el colectivo se siente especialmente orgulloso. Nacido en plena pandemia, simboliza bien esa voluntad de activar comunidad, rescatar memoria y hacer cultura desde abajo, con la participación de la gente común y no solo desde estructuras institucionales. Esa idea enlaza con uno de los sueños que Lisístrata mantiene vivos desde su fundación: que la ciudadanía no sea mera espectadora, sino también protagonista de los procesos culturales.
El trabajo de la asociación no se limita, además, a la producción de espectáculos o actividades puntuales. Con el paso del tiempo fue abriendo nuevos frentes, como la Escuela Feminista, un espacio pensado para fomentar el empoderamiento, la formación y el debate a través de coloquios, talleres, clubes de lectura, podcast, foros audiovisuales o propuestas escénicas. La filosofía de fondo es la misma que atraviesa el resto del proyecto: hacer del feminismo algo vivo, útil y en diálogo constante con la cultura.

Con todo, la trayectoria de Lisístrata no se presenta como un camino exento de obstáculos. En la voz de Ana Hermida aparecen con frecuencia las dificultades para acceder a espacios, las sensaciones de invisibilización y la percepción de que el trabajo del colectivo no siempre contó con el reconocimiento que merecía en su propio municipio. Esa crítica forma parte también de su discurso público: la idea de que hacer cultura desde posiciones independientes, sin someterse a determinadas lógicas o intereses, tiene un coste. Precisamente por eso, la asociación reivindica su autonomía como uno de sus mayores valores.
Hay, sin embargo, un elemento en el que Lisístrata insiste con especial orgullo: la inclusión real. No como palabra de escaparate, sino como práctica cotidiana. Esa mirada aparece con fuerza en sus roteiros y en las actividades abiertas a personas con distintas capacidades, donde lo importante no es tanto la foto final como lo que sucede durante el proceso. La emoción, la participación y el hecho de que todas las personas puedan sentirse parte de la experiencia ocupan ahí un lugar central. Es una dimensión menos visible que otras, pero probablemente una de las que mejor explican la ética del proyecto.
Al final, el recorrido de Lisístrata habla de un colectivo que fue ampliando propuestas sin perder su hilo conductor. Feminismo, memoria, lengua y artes escénicas componen un mapa en el que cada iniciativa responde a un compromiso de fondo. Desde Rosalía de Castro hasta Filomena Dato, desde la tradición oral a la historia local, desde la infancia a la formación feminista, el proyecto fue construyendo un espacio propio en el que la cultura sirve para recordar, para cuestionar y también para transformar.
En ese sentido, la asociación de Arteixo no se define tanto por el número de actividades que acumula como por la coherencia de su camino. Su aspiración sigue siendo la misma que le dio origen: cambiar conciencias, abrir ojos y demostrar que la cultura puede ser mucho más que programación. Puede ser memoria, puede ser lengua, puede ser feminismo y puede ser también un lugar desde el que la comunidad se reconozca y se piense a sí misma de otra manera.